viernes, 3 de diciembre de 2010

SOBRE ORDENACIÓN DE LAS MUJERES

CORINA J. VARELA G, teóloga

Con sorpresa he leído las declaraciones del Papa tomadas del libro-entrevista “Luz del Mundo. El Papa, la Iglesia y el signo de los tiempos” sobre la ordenación sacerdotal de las mujeres. Benedicto XVI sostiene que la Iglesia no tiene la facultad de conferir a las mujeres la ordenación sacerdotal porque ha sido Cristo quien ha dado “una forma a la Iglesia con los doce y su sucesión con los obispos y sacerdotes”. El Papa también dice que, con respecto a la ordenación de las mujeres, “no se trata de no querer, sino de no poder”. Según Benedicto XVI, la Iglesia “no puede hacer lo que quiere” porque se ha de atener “a la voluntad del Señor”.
Sin embargo, en mi humilde opinión, “la voluntad del Señor” la podemos buscar también en su ejemplo de vida. Durante los años que Jesús recorrió Palestina predicando, lo que se ha dado en llamar su vida pública, formó una comunidad de seguidores y seguidoras y predicó la llegada del Reino de Dios aquí y ahora. Él no fundó una Iglesia. La Iglesia fue hecha por los apóstoles, los discípulos y las discípulas que continuaron transmitiendo la Buena Nueva después de la resurrección.
La comunidad reunida primero en torno al Maestro y luego en torno a su Palabra era mixta e igualitaria. El Evangelio de Lucas relata la participación en ella de mujeres, como María Magdalena, Juana, Susana y otras muchas, que siguen a Jesús desde el inicio de su misión en Galilea y le ayudan con sus bienes. Y también nos hace conocer a María de Betania, que se sienta a los pies de Jesús –postura clásica del discipulado- para escuchar su palabra. La profundidad del compromiso de las discípulas queda demostrada en el momento de la prueba más difícil: la crucifixión. Cuando los varones han huido, son las mujeres las que quedan sufriendo junto a su Señor torturado, le acompañan al sepulcro y luego son testigos de su resurrección y encargadas de anunciar la misma a los discípulos.
En el libro de Hechos de los Apóstoles, que nos narra los primeros pasos de la Iglesia encontramos también la presencia de mujeres. Para empezar, los apóstoles se reunían a orar en el cenáculo y con ellos se reunían también algunas mujeres y María, la madre de Jesús. Podemos suponer que el día de Pentecostés, todas ellas recibieron también el Espíritu junto con los apóstoles. También encontramos a mujeres como Priscila, que junto a su esposo Áquila eran colaboradores de la causa del evangelio y en su casa se reunía la comunidad, o sea la Iglesia, de Éfeso. Y es que en un comienzo las comunidades se reunían en las casas y muchas veces eran las mujeres las que presidían la celebración. Testimonio de esto son las alusiones de Pablo en la Carta a los Romano: Priscila, María, Trifena y Trifosa, Julia… En esta misma Carta, Pablo menciona también a Febe, diaconisa de la Iglesia de Cencrea.
Con el correr de los años, las comunidades cristianas van a ir cambiando el lugar de culto: de las casas, donde el protagonismo de la mujer era aceptado y se sentía como algo propio, a los lugares públicos donde el liderazgo de la mujer se consideraba inapropiado y vergonzoso. La Iglesia se fue estructurando y jerarquizando y ya en los siglos III y IV, los líderes masculinos de la Iglesia deliberadamente quisieron suprimir el liderazgo equitativo de las discípulas. Y cuando a fines del siglo IV la Iglesia se convierte en la religión oficial del imperio romano, se hace definitivamente una religión masculina.
Ahora, ya en pleno siglo XXI, la situación de las mujeres al interior de la Iglesia católica no ha cambiado mucho y me parece difícil pensar en un cambio a corto o largo plazo. No deja de extrañar el que en la Iglesia no se haya seguido el ejemplo de Jesús en relación con las mujeres. Los laicos, y sobre todo las mujeres, son considerados actualmente como receptores del Mensaje pero no como parte activa y dinámica del anuncio de ese mismo Mensaje.
Lo que falta es vencer las resistencias del pensamiento androcéntrico de la organización de la Iglesia y recuperar en la práctica la tradición del movimiento de Jesús como discipulado de iguales, donde los ministerios no estén concentrados en manos de una jerarquía exclusivamente masculina. Ojalá algún día podamos llegar a constituir una Iglesia donde hombres y mujeres luchemos mano a mano por la paz y la justicia, para hacer de éste un mundo más humano, por hacer realidad la Buena Noticia del Reino que anunció Jesús de Nazareth.
Eclesalia.net

jueves, 2 de diciembre de 2010

UN LARGO CAMINO HACIA LA LIBERTAD

AUTOR:   Nelson Mandela
EDITORIAL:   Aguilar 
SINOPSIS:
Una autobiografía apasionante. A través de sus páginas Mandela desvela su itinerario vital y su oposición al apartheid. 

El propio Mandela narra, a lo largo de estas páginas, su historia. Con una memoria asombrosa, recrea episodios del camino que le lleva desde su aldea a ejercer como abogado en Johannesburgo. Su toma de conciencia de la necesidad de plantar cara al apartheid, una lucha que le llevará a pasar décadas en la cárcel, y el modo en que, sin ceder nunca ni renunciar a su dignidad, planta cara a un régimen injusto hasta vencerlo. Prolija en detalles de toda su vida, y simplemente fascinante en el relato del cautiverio en la isla de Robben, este relato será, sin duda, fuente de inspiración para quienes puedan asomarse a su historia admirable.

AL VOLVER, VUELVEN CANTANDO

AUTOR: Gary Smith, sj
EDITORIAL: Sal Terrae
SINOPSIS:

Vaya por delante que este es un libro alegre. Vital. De esos que entusiasma. Durante seis años Gary Smith acompañó a los refugiados en el norte de Uganda. Esa experiencia cambió su vida y quizás pueda iluminar también la nuestra.

Esta historia nace de un diario. Y de algunas cartas. Es el relato de un aprendizaje humano, de unas vivencias profundas, de episodios cotidianos en un contexto difícil. No esperes una narración heroica o mitificadora. Lo mejor de Gary Smith es su lucidez para contar lo que vivió. Su honestidad para compartir sus propios aciertos y errores, resistencias y lecciones (reacciones que cualquiera de nosotros podría tener si nos vemos enfrentados con situaciones difíciles). Y su humanidad y ternura para ayudarnos a entender la vitalidad increíble de los hombres y mujeres con los que se encontró en Uganda. Una invitación a la esperanza, que late más fuerte allá donde podría parecer ausente.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

NO OLVIDAR LA CONVERSIÓN

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

"Convertíos porque está cerca el reino de Dios". Según Mateo, éstas son las primeras palabras que pronuncia Juan en el desierto de Judea. Y éstas son también las primeras que pronuncia Jesús, al comenzar su actividad profética, a orillas del lago de Galilea.
Con la predicación del Bautista comienza ya a escucharse la llamada a la conversión que centrará todo el mensaje de Jesús. No ha hecho todavía su aparición, y Juan está ya llamando a un cambio radical pues Dios quiere reorientar la vida hacia su verdadera meta.
Esta conversión no consiste en hacer penitencia. No basta tampoco pertenecer al pueblo elegido. No es suficiente recibir el bautismo del Jordán. Es necesario "dar el fruto que pide la conversión": una vida nueva, orientada a acoger el reino de Dios.
Esta llamada que comienza a escucharse ya en el desierto será el núcleo del mensaje de Jesús, la pasión que animará su vida entera. Viene a decir así: "Comienza un tiempo nuevo. Se acerca Dios. No quiere dejaros solos frente a vuestros problemas y conflictos. Os quiere ver compartiendo la vida como hermanos. Acoged a Dios como Padre de todos. No olvidéis que estáis llamados a una Fiesta final en torno a su mesa".
No nos hemos de resignar a vivir en una Iglesia sin conversión al reino de Dios. No nos está permitido a seguir a Jesús sin acoger su proyecto. El concilio Vaticano II lo ha declarado de manera clara y firme: "La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple ayuda, no tiene más que una aspiración: que venga el reino de Dios y se realice la salvación del género humano".
Esta conversión no es sólo un cambio individual de cada uno, sino el clima que hemos de crear en la Iglesia, pues toda ella ha de vivir acogiendo el reino de Dios. No consiste tampoco en cumplir con más fidelidad las prácticas religiosas, sino en "buscar el reino de Dios y su justicia" en la sociedad.
No es suficiente cuidar en las comunidades cristianas la celebración digna de los "sacramentos" de la Iglesia. Es necesario, además, promover los "signos" del reino que Jesús practicaba: la acogida a los más débiles; la compasión hacia los que sufren; la creación de una sociedad reconciliada; el ofrecimiento gratuito del perdón; la defensa de toda persona.
Por eso, animado por un deseo profundo de conversión, el Vaticano II dice así: "La liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar a la celebración, es necesario que antes sean llamados a la fe y la conversión". No lo tendríamos que olvidar.
Eclesalia.net

VICTIMA Y VENCEDOR DE LA JUSTICIA

JULIO ALONSO AMPUERO

Se trata, sin duda, de una de las historias más conocidas de la Biblia. La historia de José está llena de colorido y de intriga. Y además, acaba bien. José era el preferido de su padre Jacob. Con razón o sin ella. Lo cierto es que esta predilección suscita la envidia de sus hermanos, que deciden quitarlo de en medio; la cordura y sensatez de Rubén impide que sea asesinado y deciden venderlo como esclavo a unos mercaderes amalecitas.

Estos, a su vez, le venden a un egipcio. José se gana la confianza de su señor. Pero la mujer de éste se ha prendado de José; al permanecer José en su honradez y no consentir a las proposiciones deshonestas de ella, la mujer se venga calumniándole, afirmando que era José quien quería abusar de ella. José termina en la cárcel. Estando prisionero, interpreta unos sueños del Faraón, que llega a encumbrarle al cargo de visir o primer ministro. Será entonces –José había anunciado siete años de cosechas abundantes a los que seguirían otros siete de escasez– cuando sus propios hermanos acudan a Egipto en busca de víveres.

Disimulando al principio, dándose a conocer después, José proporciona alimento para sus hermanos y las familias de ellos, convirtiéndose así en el «salvador» de todo el clan.
José ha sido víctima de la injusticia: envidias y odio, intento de matarlo, hecho esclavo, calumniado, encarcelado sin motivo… Como tantas y tantas personas en este mundo. Como nosotros mismos, que de vez en cuando sufrimos pequeñas injusticias.

Pero a la vez ha sido vencedor de la injusticia. No, desde luego, empleando las mismas armas de sus enemigos. Al contrario, José se mantiene íntegro, porque «temía al Señor», es decir, tenía una actitud de respeto y sumisión ante su Dios y de fidelidad a sus mandamientos.
Dios es, una vez más, el personaje principal de esta historia. Oculto, invisible, pero ocupándose efectivamente de los suyos y guiando con sabiduría los hilos de la historia y de cada acontecimiento.

José vence la injusticia porque se fía de Dios, que saca bienes de los males y que integra en sus planes incluso la mala voluntad de los hombres: «aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir, como hoy ocurre, a un pueblo numeroso» (Gén 50,20); «no fuisteis vosotros los que me enviasteis acá, sino Dios, y él me ha convertido en padre de Faraón, en dueño de toda su casa y en amo de todo Egipto» (Gén 45,8). Porque confía en Dios, Dios le enaltece de manera insospechada y le convierte en instrumento de su salvación para muchos: «El que se humilla, será enaltecido» (Lc 18,14).

Y vence también gracias al perdón. Tenía la oportunidad de haberse vengado de sus hermanos (es lo que ellos temen, y con sobrados motivos). Pero entonces lo hubiera echado todo a perder. El mal sólo se vence con el bien (Rom 12,17-21). Alguien podrá pensar que no siempre es así, que muchas veces el mal parece imponerse de forma absoluta y que Dios aparenta desentenderse de nuestra historia y de nuestros sufrimientos…

Es verdad. No siempre es así. La historia de José tiene un final feliz. Pero Jesús acabó en el patíbulo y en el sepulcro. Humanamente su vida terminó en fracaso. Su Padre parecía esconderse mientras sus enemigos parecían vencer en todos los frentes… Sin embargo, Dios siempre tiene la última palabra. Dios no puede ser vencido. Su Hijo padeció la injusticia mayor de toda la historia de la humanidad: el inocente calumniado y condenado, crucificado y cubierto con la piedra de la sepultura como una garantía de sellarse la victoria definitiva del mal. Pero el Padre le resucitó y le constituyó Señor del universo y Salvador de toda la humanidad.

La Iglesia –y cada cristiano en ella– camina por el mundo de humillación en humillación, de persecución en persecución. Pero ahí está su victoria. La confianza en Dios y el perdón al enemigo son el arma de la Iglesia en espera de la victoria final. El testimonio de los mártires lo certifica elocuentemente. «Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe» (1Jn 5,4)
(Texto bíblico: Génesis 37-50)