lunes, 28 de febrero de 2011

CUARESMA 2011

«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12)
Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.
El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.
Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.
El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.
El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.
La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.
El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».
Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.
El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).
En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.
En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.

Benedicto XVI

NOMBRAMIENTO Y ACCIÓN DE GRACIAS

Queridos hermanos y hermanas:
Tengo la satisfacción de informaros que desde esta fecha se ha incorporado al Equipo Directivo de Confer la Hna. Mª Victoria González de Castejón, religiosa del Sagrado Corazón, que tendrá la responsabilidad de las relaciones con todas las Confer Regionales y Diocesanas. Sustituye a la Hna. Blanca García, que como sabéis ha sido elegida Provincial en su Congregación.
La Hna. Toya, como familiarmente se le conoce, ha regresado de Roma hace unos días, donde durante bastantes años ha servido como Secretaria General a la Unión Internacional de Superioras Generales. Estamos seguros que continuará sirviendo a la Vida Religiosa desde la Confer con la misma entrega y eficacia como la ha servido desde la UISG. Le agradecemos su disponibilidad.
Despedimos desde aquí también a la Hna. Blanca, a quién conocéis personalmente muchos/as de vosotros/as, con nuestro más cordial agradecimiento por su entrega y servicio generoso a todas las Confer Regionales y Diocesanas. Continúa prestando en esta línea su servicio a la vida religiosa, ya que acaba de ser elegida Presidenta de Confer Castilla, León, Asturias y Cantabria.

Os saludo con todo afecto en el Señor.

Elías Royón, S.J.
Presidente de CONFER
                                                                                      Madrid, 23 de febrero de 2011

jueves, 24 de febrero de 2011

SOBRA LA GENTE II

MARI PAZ LÓPEZ SANTOS
No quiero ponerme reiterativa ('Sobra la gente' ECLESALIA, 31/01/11), pero tampoco puedo evitar que me siga saliendo, para compartir, un impulso interior a modo de rebelde denuncia: quieren hacernos creer que sobra la gente, lo escuchamos a todas horas en cualquier medio de comunicación sea de la ideología que sea. La crisis financiera da pie a explotar y exportar una consigna que se está convirtiendo en la música ambientad del día a día.

Por las conversaciones de unos y otros en los trabajos, en reuniones de amigos, los comentarios de los hijos, etc. observo que nos lo estamos creyendo y esa es la victoria real de los que, machaconamente, insisten en que sobra la gente.
Leyendo el evangelio del próximo domingo (Mt 6, 24-34) he visto la luz en este tema: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Ya entiendo porque dicen que sobra la gente. En el servicio activo y absoluto al “dios-dinero” no cabe nadie, por eso cada vez se controla por menos manos y hay excedente de gente.
Pero ¿cómo vamos a sobrar si somos herederos? ¿Herederos de qué? ¿Cuál es nuestra herencia? Somos herederos de un Reino que lleva implícita una consigna: la búsqueda de la justicia. No lo digo yo, son palabras textuales de Jesús en el evangelio: “Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia”.
En el Reino de Dios cabemos todos empezando por los “eternos sobrantes”, los que han sido despojados de todo, incluso de los medios para poder levantarse y seguir adelante; los que han perdido el empleo de muchos años y ya no tienen edad para encontrar otro; los que vinieron como emigrantes buscando encontrar una vida más digna; los jóvenes que tienen que aportar ilusión y creatividad a este mundo tan materialista. Cabe la belleza, la música, el deporte, la religión, la naturaleza… cabemos todos y todo. Pero hay que elegir bando: servir a Dios o al dinero.
Si los cristianos no nos sabemos herederos activos y efectivos en la lucha de la justicia por el Reino podríamos decir aquello de “el último que apague la luz”. Pero como la fuerza no viene de nosotros que la recibimos de Otro, no hay que perder la esperanza de que, como herederos, nos pongamos al servicio de la Herencia recibida.
No hay tiempo que perder, el trabajo es mucho y hay bastante gente desanimada creyendo que sobra.
Eclesalia.net

LO PRIMERO

JOSÉ ANTONIO PAGOLA
«Sobre todo, buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura». Las palabras de Jesús no pueden ser más claras. Lo primero que hemos de buscar sus seguidores es "el reino de Dios y su justicia"; lo demás viene después. ¿Vivimos los cristianos de hoy volcados en construir un mundo más humano, tal como lo quiere Dios, o estamos gastando nuestras energías en cosas secundarias y accidentales?

No es una pregunta más. Es decisivo saber si estamos siendo fieles al objetivo prioritario marcado por Jesús, o estamos desarrollando una religiosidad que nos está desviando de la pasión que llevaba él en su corazón. ¿No hemos de corregir la dirección y centrar nuestro cristianismo con más fidelidad en el proyecto del reino de Dios?
La actitud de Jesús es diáfana. Basta leer los evangelios. Al mismo tiempo que vive en medio de la gente trabajando por una Galilea más sana, más justa y fraterna, más atenta a los últimos y más acogedora a los excluidos, no duda en criticar una religión que observa el sábado y cuida el culto mientras olvida que Dios quiere misericordia antes que sacrificios.
El cristianismo no es una religión más, que ofrece unos servicios para responder a la necesidad de Dios que tiene el ser humano. Es una religión profética nacida de Jesús para humanizar la vida según el proyecto de Dios. Podemos "funcionar" como comunidades religiosas reunidas en torno al culto, pero si no contagiamos compasión ni exigimos justicia, si no defendemos a los olvidados ni atendemos a los últimos, ¿dónde queda el proyecto que animó la vida entera de Jesús?
Tal vez, la manera más práctica de reorientar nuestras comunidades hacia el reino de Dios y su justicia es comenzar por cuidar más la acogida. No se trata de descuidar la celebración cultual, sino de desarrollar mucho más la acogida, la escucha y el acompañamiento a la gente en sus penas, trabajos y esperanzas. Compartir el sufrimiento de las personas nos puede ayudar a comprender mejor nuestro objetivo: contribuir desde el Evangelio a un mundo más humano.
En su primera encíclica, Juan Pablo II, recogiendo una idea importante del Concilio Vaticano II, nos recordó a los cristianos cómo hemos de entender la Iglesia. Lo hizo de manera clara. "La Iglesia no es ella misma su propio fin, pues está orientada al reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento". Lo primero no es la Iglesia, sino el reino de Dios. Si queremos una Iglesia más evangélica es porque buscamos contribuir desde ella a buscar un mundo más humano.
Eclesalia.net

domingo, 20 de febrero de 2011

LA MUJER DE CINCO MARIDOS

JULIO ALONSO AMPUERO
A pesar de las apariencias, no era una mujer frívola. Es verdad que el de ahora no era su marido. Pero es que su corazón buscaba, anhelaba. Tenía un ansia incontenible de ser amada y de amar. Un ansia permanentemente insatisfecha…

Y ahora este judío le dice cosas sorprendentes. No sólo le adivina todo lo que ha hecho. No sólo se ha saltado las costumbres establecidas (judíos y samaritanos no se hablaban, más aún, se odiaban). No sólo se manifiesta libre de convencionalismos (un hombre hablando con una mujer a solas en pleno campo). Es que además ha comenzado pidiendo de beber y ha terminado prometiendo un agua viva…
La mujer samaritana –cuyo nombre desconocemos– tiene experiencia de la vida. Más aún, tiene experiencia de trato con hombres: ¡ha tenido ya cinco maridos! Pero este hombre es diferente: ¿será un profeta?
Este judío que tiene frente a ella le ha hecho ilusionarse de nuevo. Su existencia rutinaria y anodina ha comenzado a dar un vuelco. No sabe por qué, pero sus palabras despiertan su corazón, han tocado la fibra más profunda de su ser.
No entiende muy bien, pero intuye que esas palabras sobre el agua viva y sobre el manantial que salta para la vida eterna conectan con sus anhelos más profundos. Esos que siempre se han mantenido insatisfechos: la sed de Infinito que arde en su alma. ¿Será el mesías esperado?
El corazón tiene razones que la razón no comprende. Por eso, ante las palabras «si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú», ella responde con ímpetu: «Señor, dame de esa agua».
Seguramente no ha entendido mucho, pero ha comenzado a experimentar que ese manantial de agua viva brota incontenible en su corazón. Las palabras de este hombre, cansado y sediento junto al pozo de Jacob, comienzan a surtir efecto dentro de ella.
Un efecto tan intenso y profundo que no puede callarlo. Necesita correr a contarlo a sus paisanos, para que también ellos experimenten la dicha que ha comenzado a inundarla. ¡Y con qué poder de convicción lo hace! Muchos creyeron por sus palabras y otros muchos la siguieron para conocer a aquel hombre que prometía algo tan inusual.
Su sed inmensa ha comenzado a ser satisfecha. Y en ese mismo instante la mujer samaritana se convierte en testigo del don de Dios. Nadie se lo impone. Pero ella no puede no contarlo. Lo que este judío sorprendente dice y promete es verdad: ¡ella ha comenzado a experimentarlo!
(Texto bíblico: Juan 4,1-42)

viernes, 18 de febrero de 2011

ORACIÓN A MARIA

Virgen María, Madre de Cristo
y de la Iglesia,
dirige tu mirada
a los hombres y mujeres
que tu Hijo ha llamado
a seguirlo
en la total consagración
a su amor:
que se dejen guiar siempre
por el Espíritu;
que sean incansables
en su entrega
y en su servicio al Señor,
para que sean testigos fieles
de la alegría
que brota del Evangelio
y heraldos de la Verdad
que guía al hombre
a los manantiales
de la Vida inmortal.

Juan Pablo II

lunes, 14 de febrero de 2011

MI NOMBRE ES KHAN

GENERO: Drama
AÑO: 2010 
DIRECTOR: Karan Johar 
SINOPSIS:
El film trata de retratar el drama del síndrome de Asperger y a la vez hacer un boceto sociopolítico con la comunidad musulmana e hindú residente en EEUU, aportando la consabida dosis de humor, drama y sentimientos.
Rizvan Khan  se enamora perdidamente de la bella Mandira, una madre soltera hindú que vive su versión del sueño global del éxito.
Con toda su ingenuidad se transforma en la encarnación del acto de rebeldía más inverosímil: la paz y la compasión. Proporciona una aleccionadora realidad que afecta a la vida de cada persona con la que se cruza. En el nombre de la mujer que ama, un peculiar desconocido se presenta a sí mismo diciendo simplemente: "Mi nombre es Khan y no soy un terrorista".  

Para ver la película, haz click aquí

jueves, 10 de febrero de 2011

ORACION A LA MADRE

Oh María, Madre de la Iglesia,
te encomiendo
toda la vida consagrada,
a fin de que tú le alcances
la plenitud de la luz divina:
que viva en la escucha
de la Palabra de Dios,
en la humildad del seguimiento
de Jesús, tu hijo y nuestro Señor,
en la acogida
de la visita del Espíritu Santo,
en la alegría cotidiana del Magníficat,
para que la Iglesia sea edificada
por la santidad de vida
de estos hijos e hijas tuyos,
en el mandamiento del amor. Amén.

Benedictus XVI

ENTENDER LAS LEYES COMO JESÚS

JOSÉ ANTONIO PAGOLA
Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Era el mejor regalo que habían recibido de Dios. En todas las sinagogas la guardaban con veneración dentro de un cofre depositado en un lugar especial. En esa Ley podían encontrar cuanto necesitaban para ser fieles a Dios.
Jesús, sin embargo, no vive centrado en la Ley. No se dedica a estudiarla ni a explicarla a sus discípulos. No se le ve nunca preocupado por observarla de manera escrupulosa. Ciertamente, no pone en marcha una campaña contra la Ley, pero ésta no ocupa ya un lugar central en su corazón.

Jesús busca la voluntad del Dios desde otra experiencia diferente. Le siente a Dios tratando de abrirse camino entre los hombres para construir con ellos un mundo más justo y fraterno. Esto lo cambia todo. La ley no es ya lo decisivo para saber qué espera Dios de nosotros. Lo primero es "buscar el reino de Dios y su justicia".

Los fariseos y letrados se preocupan de observar rigurosamente las leyes, pero descuidan el amor y la justicia. Jesús se esfuerza por introducir en sus seguidores otro talante y otro espíritu: «si vuestra justicia no es mejor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios». Hay que superar el legalismo que se contenta con el cumplimiento literal de leyes y normas. Cuando se busca la voluntad del Padre con la pasión con que la busca Jesús, se va siempre más allá de lo que dicen las leyes. Para caminar hacia ese mundo más humano que Dios quiere para todos, lo importante no es contar con personas observantes de leyes, sino con hombres y mujeres que se parezcan a él.

Aquel que no mata, cumple la Ley, pero si no arranca de su corazón la agresividad hacia su hermano, no se parece a Dios. Aquel que no comete adulterio, cumple la Ley, pero si desea egoístamente la esposa de su hermano, no se asemeja a Dios. En estas personas reina la Ley, pero no Dios; son observantes, pero no saben amar; viven correctamente, pero no construirán un mundo más humano.

Hemos de escuchar bien las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud». No ha venido a echar por tierra el patrimonio legal y religioso del antiguo testamento. Ha venido a «dar plenitud», a ensanchar el horizonte del comportamiento humano, a liberar la vida de los peligros del legalismo.

Nuestro cristianismo será más humano y evangélico cuando aprendamos a vivir las leyes, normas, preceptos y tradiciones como los vivía Jesús: buscando ese mundo más justo y fraterno que quiere el Padre.
Eclesalia.net

sábado, 5 de febrero de 2011

PROFETA A PESAR SUYO

JULIO ALONSO AMPUERO
Muchas veces he oído este comentario a propósito de jóvenes que seguían el camino del sacerdocio o la vida consagrada: «Bueno, si le gusta…» Muchos ignoran que la vocación no es iniciativa propia, sino de Dios, que irrumpe en la propia vida, y que a veces lo hace contrariando los propios planes y apetencias.
Tal es el caso de Jeremías. Nacido hacia el año 645 a.C. en una aldea a unos 12 Km. al nordeste de Jerusalén, recibió la vocación en una situación difícil: el pueblo había multiplicado sus infidelidades y se abocaba a la ruina. El imperio babilónico surge en el horizonte y a Jeremías le toca ir contracorriente: frente al optimismo irreal e ingenuo de los judíos, tiene que predicar que Jerusalén será destruida.
Lo mismo las autoridades que el pueblo, los sacerdotes y los demás profetas, le acusan de derrotista, de desmoralizar al pueblo. Sobre todo cuando predica la destrucción del templo de Jerusalén –lugar sagrado para los judíos, y por tanto inviolable, apoyo de las falsas esperanzas del pueblo–, y ello ¡a las puertas mismas del templo!
Nada fácil. Y menos para un hombre profundamente sensible como Jeremías. Como consecuencia, le hacen el vacío y sufre el aislamiento más cruel; llega a ser perseguido y hasta torturado…

Jeremías se queja al Dios que le ha llamado para realizar esta vocación tan a contrapelo: «Todos me maldicen» (15,10); «he sido la irrisión cotidiana… pues cada vez que hablo es para clamar “atropello”…» (20,7-8).
El Señor le manda no tomar mujer ni tener hijos: su vida sin descendencia se convierte en símbolo de este pueblo infiel que por abandonar a su Esposo va a quedar estéril…
Y para colmo, él –que se había opuesto con todas sus fuerzas a la alianza con Egipto– acabará sus días en ese país, conducido a la fuerza por un grupo de fanáticos que se habían trasladado allí tras haber asesinado al gobernador establecido por los babilonios.
Jeremías se desahoga con el Dios que se le ha impuesto de manera tan abrupta: «Me sedujiste y me dejé seducir, me forzarte y me pudiste» (20,7). Llora y se lamenta. El corazón le sangra. Llega a maldecir el día en que nació (20,4). Siente incluso la tentación de renegar de esta vocación que tanto sufrimiento le ha acarreado…

Pero no puede. Hay algo superior a sus gustos y a sus planes. Hay una fuerza incontenible a la que no puede resistir: «Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo no podía» (20,9).
El profeta sensible ha sido hecho fuerte por Dios mismo con la fuerza de su llamada. Ha sido convertido «en plaza fuerte, en pilar de hierro, en muralla de bronce» (1,18). Y por eso, Jeremías resiste.
Y cuando finalmente sus predicciones se cumplan y Jerusalén y su templo sean destruidos, la gente entenderá que es profeta verdadero, porque su palabra –la Palabra de Dios a través de él– se ha realizado.
No ha sido fácil. Pero todo ese sufrimiento le ha acrisolado. Jeremías ya no es un individuo más: se ha convertido en la boca de Dios (15,19). Sus labios, purificados por el dolor, son los labios de Yahveh, a través de los cuales ha hablado y seguirá hablando…
Y el hombre que sólo había profetizado ruina y destrucción, que había llamado sin cesar –y sin ser escuchado– a la conversión y al cambio de corazón, el profeta que había denunciado y desenmascarado las falsas esperanzas del pueblo… él mismo se convertirá –cuando todo esté perdido y el desastre sea total– en el profeta de la esperanza…

En efecto, Jeremías anuncia –en uno de los textos más vigorosos y clarividentes del A.T.– una nueva alianza (31,31ss): la que se realizará en Cristo mediante el don del Espíritu y de un corazón nuevo.
Profeta a pesar suyo. Pero profeta verdadero. A diferencia de los falsos profetas que sólo auguraban cosas halagüeñas. Ha sido alto el precio. Pero ha valido la pena. Jeremías se ha convertido en boca de Dios para todos los pueblos y para los siglos venideros, hasta el fin del mundo. También para nosotros…

jueves, 3 de febrero de 2011

SAL Y LUZ

JOSÉ ANTONIO PAGOLA
Si los discípulos viven las bienaventuranzas, su vida tendrá una proyección social. Es Jesús mismo quien se lo dice empleando dos metáforas inolvidables. Aunque parecen un grupo insignificante en medio de aquel poderoso imperio controlado por Roma, serán «sal de la tierra» y «luz del mundo».

¿No es una pretensión ridícula? Jesús les explica cómo será posible. La sal no parece gran cosa, pero comienza a producir sus efectos, precisamente, cuando se mezcla con los alimentos y parece que ha desaparecido. Lo mismo sucede cuando se enciende una luz: sólo puede iluminar cuando la ponemos en medio de las tinieblas.
Jesús no está pensando en una Iglesia separada del mundo, escondida tras sus ritos y doctrinas, encerrada en sí misma y en sus problemas. Jesús quiere introducir en la historia humana un grupo de seguidores, capaces de transformar la vida viviendo las bienaventuranzas.
Todos sabemos para qué sirve la sal. Por una parte, no deja que los alimentos se corrompan. Por otra, les da sabor y permite que los podamos saborear mejor. Los alimentos son buenos, pero se pueden corromper; tienen sabor, pero nos pueden resultar insípidos. Es necesaria la sal.
El mundo no es malo, pero lo podemos echar a perder. La vida tiene sabor, pero nos puede resultar insulsa y desabrida. Una Iglesia que vive las bienaventuranzas contribuye a que la sociedad no se corrompa y deshumanice más. Unos discípulos de Jesús que viven su evangelio ayudan a descubrir el verdadero sentido de la vida.
Hay un problema y Jesús se lo advierte a sus seguidores. Si la sal se vuelve sosa, ya no sirve para nada. Si los discípulos pierden su identidad evangélica, ya no producen los efectos queridos por Jesús. El cristianismo se echa a perder. La Iglesia queda anulada. Los cristianos están de sobra en la sociedad.
Lo mismo sucede con la luz. Todos sabemos que sirve para dar claridad. Los discípulos iluminan el sentido más hondo de la vida, si la gente puede ver en ellos «las obras» de las bienaventuranzas. Por eso, no han de esconderse. Tampoco han de actuar para ser vistos. Con su vida han de aportar claridad para que en la sociedad se pueda descubrir el verdadero rostro del Padre del cielo.
No nos está permitido servirnos de la Iglesia para satisfacer nuestros gustos y preferencias. Jesús la ha querido para ser sal y luz. Evangelizar no es combatir la secularización moderna con estrategias mundanas. Menos aún hacer de la Iglesia una "contra-sociedad". Sólo una Iglesia que vive el Evangelio puede responder al deseo original de Jesús.
Eclesalia.net

LA ULTIMA CIMA

3 CandidaturasMEJOR PELÍCULA, MEJOR DIRECCIÓN, MEJOR PELÍCULA DOCUMENTAL

Género: Documental

SINOPSIS

Los críticos españoles del Círculo de Escritores Cinematográficos (CEC) concedieron el 1 de febrero la medalla al mejor documental 2010 a la película "La Última Cima" que narra la vida del fallecido sacerdote español Pablo Domínguez.

Pablo Domínguez fue un sacerdote español que siempre supo que moriría joven. Era también un cura fuera de lo común, de los que no acostumbran a pintar en las películas con tanto optimismo: aventurero, jovial, querido por todos, alegre, caritativo y, sobre todo, entregado por completo al servicio.

"El protagonista de la vida de Pablo es Dios y, en la película, también. No hay, entre todos los actores y actrices más famosos del mundo, un protagonista más atractivo y atrayente que Dios" afirmó Cotelo.

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ES UNA AVENTURA CONSAGRARSE A JESUS