miércoles, 14 de septiembre de 2011

UNA AMISTAD SIN FISURAS

Julio Alonso Ampuero
Saúl, el primer rey de Israel había caído en desgracia. Había desobedecido el encargo que el Señor le había hecho a través del profeta Samuel, y Dios le había retirado su elección.Aunque aún no estaba instaurado el criterio hereditario en cuanto a la sucesión del rey, parecía lo más normal que le sucediera su hijo Jonatán; esta era, al menos, la costumbre generalizada en los pueblos de alrededor.


Mientras tanto, había comenzado a subir la figura de David. Había vencido en repetidas ocasiones a los filisteos y de ese modo había contribuido a afianzar el reino de Saúl. Sin embargo, frente al carácter agrio y voluble de Saúl, David tenía un carácter amable y bondadoso (había sido pastor). Caía muy bien entre la tropa y entre el pueblo. Y además tenía madera de líder.
Todo ello, en lugar de alegrar a Saúl, provocó en él la envidia. El hijo de Jesé empezaba a hacerle sombra. Y pensó: «Ya sólo le falta ser rey». Y de los pensamientos pasó a los hechos: intentó eliminar a David.
Por su parte, Jonatán y David habían hecho una buena amistad. Se entendían bien, compartían la vida en la corte, se querían como hermanos y habían llegado a sellar su amistad con un pacto sagrado ante Yahveh.
Frente al acoso de Saúl, Jonatán defiende a su amigo ante su padre. Intenta hacerle entender que es un servidor leal y que no tiene sentido matarle. Y cuando se convence de que el rey ha decidido la ruina de David, Jonatán avisa a su amigo para que se esconda y se ponga a salvo.
Saúl pretende despertar la envidia de Jonatán: «Mientras el hijo de Jesé esté vivo sobre la tierra, tu reino no estará seguro».

Lo pretende sin conseguirlo, pues ve que la actuación de su padre es injusta. Más aún, también él intuye que David será el sucesor de su padre. Pero Jonatán, que «le amaba como a sí mismo», renueva su compromiso con él y le desea que Dios esté con él cuando llegue al trono. Una cosa le pide: que si entonces él vive, tenga consideración con él y si ha muerto use de bondad con su familia.
Ante la injusta persecución, David le dice: «Si he actuado mal, mátame tú mismo». También él es consciente de que no ha fallado al pacto sagrado con su amigo del alma.

Y cuando Saúl y Jonatán mueren en la batalla en los montes Gelboé, David –que ve que le ponen la corona en bandeja– no se alegrará, sino que llorará y se lamentará por la muerte trágica y prematura del amigo extremadamente querido, cuyo amor le resultaba más delicioso que el amor de las mujeres.

Una amistad sin fisuras, que ama al otro por sí mismo y busca su bien. Una amistad que no se deja corromper por la envidia ni por la ambición: tanto Jonatán como David podían haber caído fácilmente en ellas. Una amistad que no se deja enturbiar por las sospechas: era muy comprensible que en el corazón de Jonatán se hubieran deslizado las que su propio padre intentaba inculcarle. Una amistad hecha de fidelidad: especialmente en la prueba, en la persecución injusta, en la muerte del amigo. Una amistad en la que cada uno no tiene inconveniente en permanecer en segundo plano. Una amistad, en fin, que nada tiene que ver con muchas de las adulteraciones a las que se da este mismo nombre…
Verdaderamente, «quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro» (Sir 6,14; ver vv 5-17).

(Textos bíblicos: 1 Samuel 19-20; 2 Samuel 1)

martes, 2 de agosto de 2011

CUANDO EL DINERO SE CONVIERTE EN DIOS

JULIO ALONSO AMPUERO  
No sabemos su nombre. Pero conocemos bastantes datos de su vida. Era joven. Y sobre todo tenía una gran rectitud moral y un gran interés por las realidades espirituales.
Probablemente había oído hablar del rabí de Nazaret. Alguien le dijo que estaba cerca, y cuando Jesús se ponía ya en camino corrió a su encuentro.
Más aún, se arrodilló ante Él y fue directo al grano: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» Jesús le enumeró los mandamientos.
Y aquel hombre dijo con sencillez que todo aquello lo había cumplido desde su juventud. Indudablemente era un hombre bueno. Y aspiraba a lo mejor. Según el evangelista Mateo, preguntó de nuevo: «¿Qué me falta?»
Por su parte, el evangelista Marcos nos refiere un gesto conmovedor de Jesús: se le quedó mirando con cariño y probablemente manifestó este afecto con un gesto externo. La invitación que le dirige a continuación es únicamente expresión de este amor personal: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres, y así tendrás un tesoro en el cielo, luego ven y sígueme».
Pero aquel hombre no esperaba estas palabras. Buscaba, sí, un perfeccionamiento moral y espiritual. Pero aquello… era demasiado. Y no supo disimularlo: puso mala cara y marchó entristecido.
La reacción de este hombre remite –por contraste– a una de las parábolas más expresivas de Jesús: la del hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo, y lleno de alegría vende todo lo que tiene y compra el campo aquel (Mt 13,44).
La tragedia de este joven es que teniendo delante el Tesoro ha preferido sus miserables «tesoros» (pues era muy rico). Y se ha perdido la alegría de que nos habla la parábola: marchó entristecido.
Pues Jesús no disimula las renuncias que conlleva el seguirle. Pero su invitación no es para hundir al hombre. Al contrario, todo el que deja casa, hermanos, padres, hacienda… por Cristo recibe ya en este mundo el ciento por uno –aun con persecuciones– y en el mundo venidero vida eterna (Mc 10,28-31).
Lo decisivo es descubrir el verdadero Tesoro y saber invertir. En efecto, se trata de saber invertir en el único «banco» que no quiebra, donde no llegan los ladrones… ni afectan las crisis económicas o financieras (Lc 12,33).
El problema del joven rico es demasiado frecuente: cuánta gente buena y cumplidora que no se atreve a apostar por Cristo, a estar dispuesto a perder todo por Él, como Pablo (Fil 3,8).
Dos personas discutían acerca de la existencia de Dios. En un momento de la conversación, una de ellas tomó un papel y escribió la palabra Dios; luego la cubrió con una moneda. «¿Qué ves?», preguntó a la otra. Era incapaz de descubrir la presencia de Dios, porque su corazón estaba puesto en el dinero.
Es cuestión de sabiduría. Descubrir el verdadero Tesoro. Entonces lo demás nos parecerá «basura», «estiércol», «pérdida» (Fil 3,7ss). Y no costará renunciar a nada. Y tendremos un tesoro en el cielo. Y no nos tocará machar tristes y apesadumbrados como el joven rico. Y experimentaremos que es verdad lo del ciento por uno. Y nos inundará –ya ahora– una alegría nueva, inmensa, desconocida…
(Textos bíblicos: Mc 10,17-22; Mt 19,16-22; Lc 18,18-23)