jueves, 12 de agosto de 2010

VOLUNTARISTA AGRACIADO

JULIO ALONSO AMPUERO

Sin duda alguna, una de las personalidades más ricas e influyentes en la historia de la humanidad ha sido Saulo de Tarso. Hombre apasionado como pocos, luchador incansable y a la vez honradamente reflexivo, viajero hasta la extenuación, directo e incisivo, capaz de ternura y de amor, y, sobre todo, fiel a sí mismo, coherente, hombre de una pieza. Coetáneo de Jesús de Nazaret, no parece haberle conocido durante su vida terrena. Saulo vivía en la diáspora judía, concretamente en Tarso de Cilicia, y no debió coincidir con el Rabbí de Galilea. Había sido educado con todo esmero en las tradiciones religiosas de los padres. Aun viviendo fuera de Palestina, su familia era profundamente religiosa y practicante, y Saulo recibió ese contagio en su infancia. No podía entender la vida de otra manera. Al llegar a la edad juvenil decidió ser rabino y se preparó a conciencia con el estudio de las Escrituras y de las aportaciones de los rabinos anteriores a él. Llegó a viajar incluso a Jerusalén, donde se formó junto al gran Gamaliel.

Más aún. Dentro del judaísmo optó por la rama farisea. Los fariseos tienen por lo general mala prensa. Sin embargo, eran el grupo más piadoso y cumplidor. Saulo no se andaba con medias tintas, y se une a aquellos que han elegido el camino de la «estricta observancia». No sólo se une: lo sigue con escrupulosa fidelidad. Un día dirá de sí mismo: «En cuanto a la justicia de la Ley, intachable». Siendo aún joven, se había colocado entre la élite espiritual y religiosa del pueblo de Israel. Lejos de toda mediocridad y en absoluta coherencia con sus principios fariseos, no dudará en perseguir a la Iglesia naciente. No podía tolerar aquella secta de los nazarenos que amenazaba los fundamentos de la fe judía. Había que extirparla de inmediato. Y ahí le vemos: asistiendo a la ejecución de Esteban y buscando por todas partes a los que se habían hecho cristianos, para denunciarlos y presentarlos al Sanedrín. En esas actividades persecutorias andaba, cuando un día, en el camino de Damasco, se le presentó Jesús, el que había sido ajusticiado y que para Saulo sólo era un personaje rechazable del pasado. Desde ese día su vida dio un vuelco total. No nos detenemos en estos pocos párrafos en todo lo que implicó para Pablo ese acontecimiento. Sólo nos fijaremos en un aspecto de la revolución interior que se desató en su alma.

En un instante se vio agraciado de manera sorprendente e inesperada. El amor salvador de Cristo se volcó sobre él provocando una transformación tan honda que Pablo la llamará más tarde «nueva creación». Saulo ha sido alcanzado en el camino de Damasco por Cristo, que ha hecho de él un hombre nuevo. Esto no significa que cambiase totalmente en un instante. Pero sí ha cambiado radicalmente su visión de sí mismo y de su relación con Dios. Lo que ha recibido de manera gratuita es tan profundo que necesitará años para asimilarlo y entenderlo. Y no podrá hacer otra cosa que empeñar toda su vida para transmitir a los más posibles esta Buena Noticia tan nueva como gozosa. Hemos dicho que Saulo era un hombre moralmente intachable y religiosamente ferviente. ¿En qué consiste entonces su conversión? A la luz de la experiencia del camino de Damasco comprende que era un voluntarista autosuficiente. Hasta ahora había puesto todo su empeño en conquistar la salvación y en ganarse la amistad con Dios mediante sus buenas obras. Era él quien se salvaba a sí mismo cumpliendo con todo detalle las acciones prescritas por la Ley judía y sólo tenía que presentarse ante Dios para recibir la aprobación y el premio por lo conseguido.

Ahora, en cambio, entiende que la salvación es don gratuito de Dios. Lo entiende porque lo experimenta en lo más hondo de su ser. Todo es gracia. El hombre no puede salvarse a sí mismo. Herido por el pecado en las raíces de su ser, sólo puede ser salvado por Cristo. En el camino de Damasco Saulo ha sido derribado. Pero derribado sobre todo de su orgullo. Ahora reconoce la verdad de su condición de hombre pecador: «no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero» (Rom 8,19). Radicalmente esclavo del pecado (Rom 6,20), sólo puede ser liberado por aquel que le amó y se entregó a la muerte por él (Gal 2,20). Ahora –sólo ahora– entiende la inutilidad de sus enormes esfuerzos como fariseo para conquistar la santidad. Ve con toda claridad que aquello sólo era soberbia disfrazada de religiosidad. Ahora entiende por experiencia que el amor gratuito de Cristo puede colocarle en un solo instante en la santidad que él mismo no ha conseguido en años interminables de lucha. Entiende que lo que ha acontecido en la muerte y resurrección de Cristo es tan radicalmente nuevo como para dividir la historia de los hombres en un antes y un después. Esta novedad no puede ser callada. Hay que gritarla. Hay que hacerla llegar a todos los hombres. Y Pablo se convierte en misionero infatigable por los caminos del mundo.

Ya no se avergüenza de su debilidad, no se rebela contra las limitaciones ni contra las dificultades. Ha escuchado en el fondo de su corazón la voz de Cristo: «Te basta mi gracia», y puede proclamar en tono casi desafiante: «Con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo... pues cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Cor 12,9-10). La cruz de Cristo es infinitamente más fuerte que toda fuerza de los hombres (1Cor 1,24-25). En la resurrección del Señor se ha desplegado un poder inimaginable (Ef 1,19-20) que él mismo experimenta personalmente como energía que le transforma (Fil 3,10). Y se experimenta a sí mismo como nueva creación (2Cor 5,17), capaz de vivir lo que por sus solas fuerzas jamás hubiera logrado. He ahí el milagro del camino de Damasco: Pablo ha sido agraciado con un don de lo alto inmerecido. Ya no tiene motivo para enorgullecerse. Todo es gracia. Ante Dios sólo cabe recibir, sólo tiene sentido dejarse transformar. Dios es quien da y actúa. El hombre es quien recibe y acoge. Pablo no sólo ha sido liberado del pecado. Sobre todo, ha sido liberado de sí mismo, de su vivir desde sí y para sí. Y sus horizontes se dilatan sin límite...
(Textos bíblicos: Cartas de san Pablo, en particular Gálatas y Romanos)

lunes, 26 de julio de 2010

LA PRUEBA DEL DESARRAIGO

JULIO ALONSO AMPUERO

Uno de los personajes más conocidos del A.T. es Abraham. También es de los más importantes. Y de los más antiguos. Su vida de sitúa hacia el año 1800 a.C. aproximadamente.

Originario de Ur de los Caldeos, en Mesopotamia, en la fértil cuenca de los ríos Tigris y Eúfrates (en el territorio del actual Iraq), su vida está marcada por sucesivos desplazamientos. Su historia se abre, casi como «ex abrupto», con un mandato divino: «Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré» (Gen 12,1).

Quizá era el suyo un clan seminómada, pues ya su padre Téraj había emigrado de Ur a Jarán en el extremo opuesto del valle del Tigris y el Eúfrates. En todo caso, resulta llamativa esta invitación tan radical a salir. En efecto, ese salir suponía una auténtica expropiación. Abraham deja todo lo que ha constituido su vida hasta ahora (su tierra, su patria, su familia, sus amigos...) y se pone en camino hacia lo desconocido. Deja sus seguridades, el ambiente en que es querido y valorado, los lugares, personas y costumbres que le son familiares... y emigra.

Abraham queda a la intemperie. Si en medio de su clan podía encontrar protección frente a peligros y agresores, ahora queda a merced de la buena o mala voluntad de quien encuentre en su camino. Por donde quiera que pase será un extranjero, un forastero, un extraño a quien se mirará con distancias y con reservas. ¡Cuántos emigrantes a lo largo de los siglos han experimentado y continúan experimentando esto mismo! El cambio externo de lugar es también un desarraigo. Se conmueven las raíces más hondas de la propia persona. Como un árbol que fuera arrancado de raíz para ser transplantado a otra tierra, a otro clima...

Y, sin embargo, Abraham nos muestra una faceta fundamental de todo ser humano: su condición de peregrino. Está hecho para ir siempre adelante, sin instalarse. Cuando se instala, deja de crecer; se anquilosa, se empobrece... se esteriliza. Este desarraigo es en Abraham tanto más hondo cuanto que ignora el futuro. No sabe lo que le espera, no tiene seguridades o garantías, no controla nada. Vive a la intemperie.

Y se añade, además, su edad avanzada. Aunque los 75 años que se nos dice tenía cuando salió de Jarán sean en realidad menos, porque siguen un cómputo diverso, lo que parece cierto es que Abraham no era precisamente un joven. Y sabemos que si en la juventud puede haber gusto por la aventura, no suele ser así en absoluto en la edad madura.

«Sal de tu tierra». Esta invitación nos es dirigida constantemente a cada uno de nosotros. Somos llamados a no conformarnos con lo ya logrado, a no anclarnos en lo conocido y experimentado, a remar mar adentro. Conformarnos con lo que ya vivimos es negarnos a crecer. Y por eso –como a Abraham– Dios de vez en cuando nos desestabiliza, para obligarnos a ir adelante.


Pero en cierto modo, el proceso de desarraigo nunca se completa del todo en la vida de una persona. Abraham era de edad avanzada, y su mujer era estéril. Le dolía en lo más profundo del corazón morir sin descendencia. Era como acabarse, pues los hijos eran el futuro del padre; la vida del padre se prolongaba, se perpetuaba en ellos.

Milagrosamente, sin embargo, Sara llega a ser madre. Isaac es la «sonrisa de Dios» que alegra el corazón de Abraham en su camino hacia la vejez y hacia la muerte. Ahora tiene futuro. Y sin embargo... Dios le pide que le sacrifique su hijo. Sí, Isaac, el hijo querido, el que Dios mismo le había prometido, el que había recibido como regalo gratuito de Dios en su ancianidad, aquel en quien depositaba todas sus esperanzas e ilusiones...

No podemos imaginar lo que supuso para Abraham esta prueba. Se sintió morir. Pues Isaac era todo: su presente y su futuro. Más aún: estaban en juego las promesas de Dios. Él estaba seguro que Isaac era el cumplimiento de esas promesas: ¿cómo podía Dios desdecirse? Sin embargo, Abraham acepta también este despojamiento. Ahora su desarraigo es completo. Ha aceptado perderlo todo. Porque por encima de todo se fía de su Dios. Sabe que de ningún modo puede fallarle. No sabe nada. No entiende. No puede explicarse cómo Dios cumplirá sus promesas. Pero no duda. Y acepta este último desarraigo, el que más hondas raíces tiene en su corazón.

Abraham se encuentra totalmente desposeído. Aunque con dolor, ha aceptado desprenderse de todo. Lo ha entregado todo. Y es libre. Libre para Dios. Libre para los proyectos grandes de Dios. Ya no está encerrado en sus propios planes, por hermosos e interesantes que fueran. Ahora puede volar, libre como el viento. Es libre para dejarse llevar... por encima de sí mismo. Dios le reserva a su hijo. Quería su corazón, no su hijo. Quería su libertad. Le quería libre de sí mismo, de sus miras y proyectos, de sus concepciones limitadas... Con el dolor del desarraigo Abraham ha sido ensanchado. Su capacidad se ha hecho en cierto sentido ilimitada.

Gracias a los sucesivos despojamientos Abraham alcanza una fecundidad ilimitada. Ya no será sólo padre de un pueblo a través de su hijo Isaac. Será padre de multitudes como las estrellas del cielo y la arena de las playas marinas. De él nacerá el Mesías. Y se convertirá en padre de todos los creyentes. Su fe será referencia y motivación a lo largo de los siglos y en todos los pueblos de la tierra.

Al aceptar perderlo todo, Abraham ha ganado infinitamente más de lo que podía anhelar o desear. Con su apertura ilimitada se ha convertido en cauce de vida para generaciones y generaciones. Su desarraigo se ha convertido en fuente de bendición. Y todo en silencio, porque Abraham es hombre de pocas palabras. Sólo poseemos lo que aceptamos perder. Sólo tenemos vida y nos convertimos en fuente de vida cuando aceptamos morir. Sólo en el desarraigo y en el desprendimiento hay fecundidad.
Génesis 12-25

viernes, 9 de julio de 2010

NADA VALE LA PENA


Julio Alonso Ampuero

Aunque se presenta a sí mismo como «hijo de David, rey en Jerusalén», los estudiosos coinciden en que se trata de una ficción literaria. Qohélet parece ser un judío que vivió en Palestina en el siglo III a.C. Al final del libro, un discípulo suyo le presenta como un hombre sabio, un investigador audaz, un maestro del pueblo (12,9-11).
Conocemos a este hombre no por cosas que haya realizado, sino por su experiencia personal que nos ha transmitido con enorme hondura y absoluta honestidad. Una experiencia que todo ser humano, antes o después, está llamado a vivir. Sin embargo, a primera vista las palabras de Qohélet sorprenden y hasta desconciertan: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad». Da la impresión de ser un escéptico, un hombre que no cree en nada y está de vuelta de todo.

Pero si le escuchamos con más detenimiento, nos damos cuenta del valor y de la riqueza de su experiencia. Qohélet nos testimonia lo radicalmente inconsistente e insatisfactorio de toda actividad y situación humana sobre la tierra. Y eso que él no es un hombre probado por las desgracias y el sufrimiento, como Job. Simplemente que Qohélet es profundamente honesto y no acepta engañarse a sí mismo con satisfacciones superficiales o falsas seguridades. Tiene amigos, posee dinero, ha experimentado el placer... Pero sabe por experiencia que nada de todo eso puede llenar su corazón. Todo, absolutamente todo, acaba resultando insatisfactorio, antes o después: «¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?»

Es esta constatación la que hace de Qohélet un verdadero sabio. El suyo es un corazón inquieto que no se contenta con respuestas mediocres, aunque la mayoría proclamen que esas respuestas acallan su sed. Él sigue buscando, porque en su corazón hay una sed de infinito que no puede ni quiere acallar. Qohélet es enormemente actual. Hoy, quizá más que nunca, se siente ese profundo vacío existencial. Precisamente cuando más tenemos –más medios, más progreso técnico, más comodidad–, tanto más insatisfecho se experimenta el hombre. Sin saber por qué, se siente vacío. Le han prometido, le han asegurado mil veces que todo eso le iba a hacer feliz. Y sin embargo...

Esto ocurre a cualquier edad. No obstante, suele haber un momento de la vida en que se siente con más fuerza esta inconsistencia de todo. Hacia la mitad de la vida –los 40 ó 50 años–, la persona empieza a preguntarse para qué han servido todos sus esfuerzos. Mientras era joven, miraba el futuro con esperanza: la ilusión por sacar una carrera, por lograr un trabajo, por formar una familia, tal vez por mejorar el mundo... Pero ahora duda seriamente si ha valido la pena. Todos los logros son precarios, insignificantes, insatisfactorios...

Qohélet va repasando todos sus quehaceres y valores en que ha puesto su corazón y su empeño: trabajo, riqueza, hacienda, placeres, fama, justicia, religiosidad, búsqueda de sabiduría... Y constata que en nada de ello ha logrado provecho o felicidad. Todo es vanidad, vacío, absurdo. Tal vez alguien pueda considerar esto demasiado radical y extremoso. Sin embargo, es así. Y quien no lo siente –al menos en algún momento de su vida– es que ha taponado en su corazón ese incontenible anhelo de infinito y ha pactado con la mediocridad, conformándose con las algarrobas de los puercos.

Esta experiencia se da. Sin embargo, la clave está en encontrar el secreto para vivirla adecuadamente. Porque llegar hasta ahí supone una dosis de sabiduría, pero no basta. Surge la tentación de detenerse, de no seguir buscando. Y entonces sí se forja una persona escéptica, convencida de que nada vale la pena, que no apuesta por nada, ni se entusiasma con nada, ni se compromete con nadie... El mismo Qohélet tampoco ha encontrado una respuesta suficiente. Al final de su libro, temeroso de haber ido demasiado lejos, concluye: «Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser hombre cabal». Esto es verdad; pero da la impresión de demasiado simple y no responde a la hondura de su cuestionamiento.

No alcanza respuesta, porque había que esperar a Cristo para obtener una respuesta adecuada. Asumiendo la pequeñez y las limitaciones de la existencia humana, el Hijo de Dios ha roto esos límites dándoles un alcance y un valor de eternidad. Él ha llevado una vida corriente, como la nuestra, en su trabajo, en su vida familiar, en la amistad, en el descanso, en las ocupaciones cotidianas idénticas a las de cualquier hombre. Y sin embargo, ¡cuánta grandeza en los 30 años de vida oculta del Hijo de Dios! Qohélet tenía razón: todo es vanidad... sin Cristo. Con Él todo cobra sentido. Sin Cristo, hasta las cosas grandes acaban hastiando. Con Cristo, hasta las cosas pequeñas se hacen grandes, porque Él les abre unos horizontes ilimitados. El que cree en Cristo tiene –¡ya ahora!– vida eterna (Jn 3,36) y todo adquiere una densidad incalculable.

Qohélet tenía razón: todo es vanidad... Sólo que la solución a esa insatisfacción y a ese vacío no es el escepticismo, que agosta por completo la vida del hombre. Ni lo es el cambiar constantemente en busca de nuevas experiencias: viajar por todo el mundo, cambiar de trabajo, cambiar de pareja, cambiar de residencia, probar con las drogas... Qohélet tenía razón, porque aún no había venido Cristo. Sólo Cristo –Él personalmente– colma los anhelos más profundos del corazón humano, porque estamos hechos para Él. Desde que el Hijo de Dios entró en nuestra historia, nosotros hemos sido divinizados, han estallado los límites de todo lo humano, y todo tiene densidad divina. Por eso, nada es vano, nada es inútil. Y la misma muerte, que –como losa implacable– cerraba todo el horizonte, ha quedado definitivamente quebrantada en la resurrección del Señor...

Efectivamente, hay «tiempo de nacer y tiempo de morir», «tiempo de llorar y tiempo de reír», «tiempo de abrazarse y tiempo de separarse», «tiempo de guerra y tiempo de paz»... Pero para el que tiene a Cristo todo posee un sentido nuevo, del nacimiento a la muerte: la risa y el llanto, la paz y la guerra, la separación y el abrazo...
(Texto bíblico: Eclesiastés)

miércoles, 7 de julio de 2010

domingo, 4 de julio de 2010

Somos El Mundo Por HAITI



Aunque ha pasado el tiempo, no asi el dolor, la dificultad..., de este pueblo por renacer de las cenizas. Os invitamos a no olvidarlos en nuestra oración.